
Yayoi Kusama : la artista japonesa que revolucionó el color
¿De qué hablamos cuando hablamos de arte? Sin dudas, donde hay expresión artística hay deseo, hay poesía, hay una voz latente que pide salir a la luz, hay posibilidades de abandonar este mundo y transportarse a otro, pero ¿Cómo llega la inspiración?, ¿Qué es lo que motiva al creador?¿Es el producto de la observación del entorno en el que se encuentra ó se manifiesta a través del inconsciente? y en caso de que sea resultado de este último, ¿Cómo se logra abordar los laberintos que invaden a la mente hasta transformarlos en una obra? Ante esta pregunta, Yayoi Kusama diría que no hay respuestas ni certezas, porque un infinitivo que define a Kusama es “hacer”, para ella el arte es acción, no existen fórmulas mágicas ni perfectas. Según Yayoi, crear es dejar volar la imaginación y conectarse con uno mismo, porque al fin y al cabo, ser artista es algo que se lleva en la piel.
Nacida en 1929 en Matsumoto, una pequeña ciudad japonesa, Yayoi Kusama ha logrado posicionarse como una de las artistas más proliferas de los últimos tiempos, incursionando en distintas campos artísticos como el de la pintura, la escritura, el diseño, la escultura y la fotógrafa. Es por ello que siempre ha intentado escapar a las clasificaciones y los convencionalismos. Kusama puede ser una y todas a la vez, porque su pasión por lo visual y su inmenso talento la llevaron a mutar a través de los años, innovando en la forma de concebir al arte y transformándose a sí misma.
EMIGRAR PARA CREAR: NEW YORK, ARTE POP Y AVANT- GARDE

En la vida de Yayoi no todo ha sido color de rosas. Su infancia estuvo marcada por la tragedia y el horror: tras la caída de bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945, Kusama debió crecer en un contexto de posguerra, dominado por una sociedad rígida y conservadora en la que ya no había esperanzas. Para Yayoi aquellos episodios marcaron un antes y un después.
A pesar de ello, Kusama buscó su propia salvación, y encontró en el arte el bálsamo espiritual que le permitiría paliar el dolor. De esta manera, el hecho de crear pasó a ser una forma de vencer el gran desasosiego que la atormentaba. Siendo apenas una adolescente, Kusama se inscribió en Escuela Municipal de Artes de Kyoto, donde estudió Nihonga, (un estilo de arte japonés que hace énfasis en la modulación de los tonos dentro de una obra) a través de esta técnica Kusama creó óleos, acuarelas, acrílicos y tintas sobre seda, tela y papel adaptándolos a sus gustos y estilo personal.
La postura de Yayoi era absolutamente opuesta al monocromatismo que exigía el Nihonga, por lo cual constantemente debía enfrentarse a numerosas críticas. A la joven artista japonesa le interesaba la exuberancia, a partir de representaciones que desembocaban en un torbellino de sensaciones.
A su vez, muy pronto, su impulso creativo y las ganas de expresarse comenzaron a ir más allá de un lienzo y por ello, comenzó a trasladar su arte a paredes, pisos, objetos y todo aquello que la rodeara, lo cual demostraba que además de cierta rebeldía y transgresión, Yayoi sentía un gran deseo de romper con los estrictos cánones que intentaba imponerle su educación en Kyoto. Es por ello que, cuando tenía 27 años, Yayoi decidió abandonar su ciudad natal y emprender nuevos rumbos. Fue así como la artista japonesa tomó un avión a Estados Unidos y se instaló en New York en busca de un lugar donde poder darle libre vuelo a sus sueños.

LOS LUNARES INVADEN EL ARTE:
Durante sus años en New York, guiada por su intuición e influenciada por el arte pop y el expresionismo abstracto, la artista nipona comenzó a desarrollar un estilo caracterizado por el predominio de colores vibrantes y líneas de círculos, puntos, manchas y lunares, los cuales repetía con fascinación en todas las obras. Esta particularidad permitió que Yayoi creará su propio sello distintivo, el cual la acompaña hasta la actualidad.
En pleno inició de los años ́60, Yayoi tomó contacto con la psicodelia, el flower power, el pacifismo y los reclamos por los derechos civiles. Rápidamente, Kusama se unió a estos movimientos contraculturales, organizando performances en el Central Park y en el Puente de Brooklyn donde ella misma pintaba con grandes lunares de colores todos los cuerpos de los participantes, quienes reclamaban por el fin de la Guerra de Vietnam. De esta manera, su arte de además de provocador y transgresor, también devino político, porque después de todo, Yayoi también era una militante del amor.
A partir de la sensualidad y el erotismo que transmitían sus muestras y exhibiciones al aire libre, la artista japonesa comenzó a ser llamada “La sacerdotisa suprema de los lunares”, convirtiéndose también, en una de
las mayores exponentes del avant –garde neoyorkino, hasta 1973, momento en el cual la artista japonesa decidió regresar a su país, donde reside actualmente.
UN UNIVERSO INFINITO:

Además de sus obras pictóricas y las performances, a lo largo de los años Yayoi se interesó en poder brindarle a quien observe sus trabajos una verdadera experiencia surrealista y psicodélica, para ello la artista japonesa ideó las “Infinity Mirrored Room” , las cuales se desarrollan en salones llenos de luces de colores y brillos, donde cuelgan figuras circulares y lunares que parecen multiplicarse en todo el espacio, gracias a la utilización de espejos que permiten crear una galaxia encantadora.
Si según el filósofo alemán Walter Benjamín en una obra de arte se vislumbra algo irrepetible que da lugar a “la manifestación de una lejanía por más cerca que se esté”, Kusama parece redoblar la apuesta, demostrando que en la repetición de círculos, símbolos y formas (en una misma pintura y a lo largo de sus obras) también puede existir aura.
Tal como señala la propia artista, “El lunar tiene la forma del sol, que es símbolo de la energía del mundo y de nuestra vida, y tiene también la forma de la luna, que es la quietud. Los lunares no pueden estar solos, como sucede con la vida comunicativa de la gente, dos o tres o más lunares llevan al movimiento. Nuestra tierra es sólo un lunar entre los millones de estrellas del cosmos. Los lunares son un camino al infinito”.
Yayoi continúa innovando a partir de representaciones cargadas de impacto visual, convirtiéndose, con casi seis décadas de trayectoria, en una figura indiscutida dentro del campo artístico. Surrealismo, psicodelia, objetos coloridos y tonos alegres se han convertido en marcas registradas que definen el Universo Kusama y son admirados por personas de todos los rincones del planeta. En cada figura circular, la artista japonesa despliega un cosmos con sus propias leyes y le ofrece a cada espectador la posibilidad de descubrir algo mágico y encantador en sus muestras, porque si los ojos son el espejo del alma, las obras de Kusama son una invitación a contemplar el mundo a través de su mirada. El arte para Yayoi fue, es y será una forma de revelar su interior.